EJERCICIO FÍSICO

Un estudio eleva el mínimo de ejercicio cardíaco

Un análisis con más de 17.000 participantes concluye que hacen falta entre 560 y 610 minutos semanales de actividad física para reducir en más de un 30% el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular, muy por encima de los 150 minutos que fijan las guías de salud actuales.

Un estudio cuestiona las guías de ejercicio y eleva a más de 560 minutos semanales el mínimo para proteger el corazón
Un estudio cuestiona las guías de ejercicio y eleva a más de 560 minutos semanales el mínimo para proteger el corazón

Un equipo de investigadores de la Universidad Politécnica de Macao (China) ha puesto en entredicho las recomendaciones internacionales de ejercicio físico que llevan décadas orientando las políticas de salud pública. Su estudio, publicado en la revista British Journal of Sports Medicine, concluye que los adultos necesitan realizar entre 560 y 610 minutos semanales de actividad física de intensidad moderada a vigorosa para lograr una reducción sustancial del riesgo cardiovascular, una cifra que multiplica por tres o por cuatro la pauta oficial vigente.

Las directrices actuales de salud pública fijan en 150 minutos semanales el mínimo de ejercicio recomendado para adultos —equivalente a caminar a paso ligero, correr o montar en bicicleta—. Sin embargo, el nuevo análisis demuestra que ese umbral solo garantiza una reducción modesta del riesgo: entre un 8% y un 9% de menor probabilidad de sufrir un evento cardiovascular, un margen que los propios investigadores consideran insuficiente para hablar de protección significativa.

De los datos a las personas

El estudio se construyó sobre una base sólida: 17.088 participantes del Biobanco del Reino Unido reclutados entre 2013 y 2015. La edad media del grupo fue de 57 años, el 56% eran mujeres y el 96% tenían origen caucásico. Cada participante llevó un dispositivo en la muñeca durante siete días consecutivos para registrar su nivel habitual de actividad física y completó además una prueba de ciclismo para estimar su VO2 máximo, el indicador que mide la eficiencia con la que el corazón, los pulmones y los músculos consumen oxígeno durante el esfuerzo intenso.

El seguimiento se prolongó durante un promedio de 7,8 años, período en el que se registraron 1.233 eventos cardiovasculares: 874 casos de fibrilación auricular, 156 infartos de miocardio, 111 insuficiencias cardíacas y 92 accidentes cerebrovasculares. Estos datos permitieron cruzar los niveles de ejercicio con la condición física de base de cada participante y analizar qué combinación ofrecía una mayor protección real.

El umbral de la protección sustancial

Para que la reducción del riesgo cardiovascular supere el 30% —el nivel que los investigadores definen como protección sustancial—, los adultos deberían acumular entre 560 y 610 minutos semanales de ejercicio moderado a vigoroso. Sin embargo, solo el 12% de los participantes alcanzaba ese nivel de actividad, lo que sitúa a la gran mayoría de la población adulta muy por debajo del umbral necesario para una protección significativa.

Este hallazgo no implica que el ejercicio moderado carezca de valor, sino que la diferencia entre cumplir las recomendaciones mínimas y lograr una protección cardiovascular real es mucho mayor de lo que se asumía hasta ahora.

La condición física, un factor clave

Uno de los aportes más relevantes del estudio es la distinción que establece según el nivel de aptitud cardiorrespiratoria de cada persona. Los investigadores constatan que quienes parten de una menor condición física necesitan entre 30 y 50 minutos adicionales por semana respecto a quienes tienen mejor forma física para obtener los mismos beneficios cardiovasculares.

El ejemplo que ofrece el estudio es ilustrativo: para lograr una reducción del 20% en el riesgo de sufrir un evento cardiovascular, una persona con baja condición física necesita 370 minutos semanales de actividad moderada a vigorosa, frente a los 340 minutos que requiere alguien con mayor forma física. La diferencia, aunque no dramática en términos absolutos, pone de manifiesto que una guía única de ejercicio no sirve igual para todos.

La aptitud cardiorrespiratoria varía considerablemente entre individuos y es reconocida como uno de los indicadores más fiables de salud cardiovascular. Una baja aptitud en este parámetro se asocia, según los investigadores, con un riesgo significativamente mayor de infarto, ictus y muerte prematura.

¿Hay que cambiar las guías?

Los autores reconocen que las recomendaciones actuales cumplen una función útil: proporcionan un mínimo universal de referencia para la protección básica. Pero concluyen que ese suelo no puede ser el techo para quienes desean ir más lejos en el cuidado de su salud cardíaca.

Su propuesta apunta a personalizar los objetivos de ejercicio según la condición física individual. En sus propias palabras: "Las futuras directrices deberán diferenciar entre el volumen mínimo de ejercicio moderado a vigoroso necesario para un margen de seguridad básico y los volúmenes sustancialmente mayores necesarios para una reducción óptima del riesgo cardiovascular".

Limitaciones del análisis

Los propios investigadores advierten de las reservas metodológicas de sus conclusiones. Al tratarse de un estudio observacional, no es posible establecer relaciones de causa y efecto definitivas. Reconocen también que los participantes podrían ser más sanos y estar en mejor forma que la población general, lo que podría sesgar los resultados. Apuntan además que la aptitud cardiorrespiratoria fue estimada —no medida directamente—, y que el análisis no registró el tiempo de sedentarismo ni los niveles de ejercicio de menor intensidad, variables que podrían matizar el cuadro final.

A pesar de estas reservas, el estudio abre un debate relevante en el ámbito de la medicina preventiva: si los objetivos mínimos de ejercicio han servido para sentar una base común, quizá ha llegado el momento de construir sobre ella recomendaciones más ajustadas a la realidad de cada organismo.